CAPÍTULO 1: LA FAMILIA LARA
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Le voy a contar una historia, la historia que no se volverá a repetir jamás, pues cada cosa que nos pasa sólo se vive una vez. Todo tiene su momento en la vida, y nada volverá a suceder tal y como ha pasado. El pasado eso es y en eso se queda, para bien y para mal.
Esta historia que les voy a contar comienza en el año 1956 en un pueblecito de Sevilla de nombre "Villanueva del Río y Minas". Es un pueblo mayoritariamente de mineros y trabajadores honrados. Mi abuelo Antonio, ya fallecido, que descanse en paz, forma parte de esta historia. Eran años difíciles, de postguerra, todo el mundo tenía que sacrificarse fuese trabajando en las minas de carbón, recolectando algodón, trabajando la tierra con el calor infernal que caracteriza a Sevilla, cazando en los cotos (el que tuviera) y las amas de casa luchando por sacar hacia delante a sus niños, realizando labores del hogar, recogiendo la aceituna, etc...No eran momentos fáciles, quién no lo sabe? Tenían que esforzarse duramente para tener una migaja de pan, una casita modesta, un trabajo estable y todo ello requería sacrificio.
Carmela, mi abuela, que en paz descanse, aquel día esperaba con anhelo a que Antonio llegara de trabajar. Carmela era morena, de ojos grandes, llevaba gafas de pasta de color negro, tenía el pelo muy corto, como un chico. Vestía muy sencilla, de hecho ella misma se confeccionaba sus prendas y las de su familia. La familia Lara estaba formada por Antonio, el padre de familia, minero. La madre, de nombre Carmela y tenían tres hijos. La mayor de los tres hermanos se llamaba Concha y los otros dos eran varones mellizos cuyos nombres eran Manuel y José.
Se asomaba el sol en aquella mañana del 03 de julio de 1956. Era una mañana muy calurosa, rozaban las seis de la mañana y ya se notaba el sofoco que había en aquella cocina y mientras, en el exterior, el calor iba haciéndose mayor a medida que pasaban las horas.
Antonio, estaba tomando un vaso de leche, cuando se le apareció Carmela y le dijo:
- Antonio, qué te apetecerá comer hoy?
- Pues no lo sé chiquilla...lo que a ti te apetezca mujer.- dijo Antonio
- Te apetece que te haga unas lentejas Antonio?
- Pues si cariño, hazme esas lentejas que tanto me gustan.
- Está bien, me vuelvo a la cama, ten cuidado no hagas mucho ruido que los niños duermen. Manolito ayer se acostó tarde porque no podía dormir de la calor que hacía y Joselito no ha parado de roncar toda la noche y a penas he podido pegar ojo. Cierra la puerta con cuidado detrás de ti y llena el botijo de agua en la fuente que hoy volverás a pasar mucha calor y las minas te están volviendo más viejo cada día.
- Está bien, Carmela, intentaré no despertar a los chiquillos...además cuando venga del Carbonall (minas de carbón) a parte de comerme ese peaso de guiso que vas a hacer, querré jugar un poco con Joselito y Manolito y luego me iré a echar una siesta.
Cada día, sucedía como el día anterior. Antonio, se sumergía en las cuevas para extraer Carbón y Carmela mientras tanto, hacía las tareas del hogar, realizaba la comida, atendía a Joselito y Manolito y Concha que era un poco más mayor le ayudaba en las tareas del hogar. Concha ya iba al colegio y enseñaba a sus hermanos todo lo que aprendía. Ella iba a un colegio de monjas, se llamaba el "Colegio de los Hermanos Maristas" al que más tarde, irían Joselito y Manolito de curas.
Un día, estando en el colegio, la monja le dijo a Concha:
- Cual es el mayor de los diez mandamientos?
La monja esperaba que Concha respondiera amar al prójimo como a uno mismo.
Pero Concha, aguardo dos minutos en silencio y de repente respondió:
- Hermana María, el mayor de los diez mandamientos es Darle a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar.
Concha, tenia un gran conocimiento de los Santos Escritos, tenia una fe ciega en Dios y intentaba que cada versículo de las Escrituras penetrara en su mente y corazón pues uno de sus versículos favoritos suyos, era que la biblia ejerce mas poder en el corazón que cualquier espada de dos filos.
Le voy a contar una historia, la historia que no se volverá a repetir jamás, pues cada cosa que nos pasa sólo se vive una vez. Todo tiene su momento en la vida, y nada volverá a suceder tal y como ha pasado. El pasado eso es y en eso se queda, para bien y para mal.
Esta historia que les voy a contar comienza en el año 1956 en un pueblecito de Sevilla de nombre "Villanueva del Río y Minas". Es un pueblo mayoritariamente de mineros y trabajadores honrados. Mi abuelo Antonio, ya fallecido, que descanse en paz, forma parte de esta historia. Eran años difíciles, de postguerra, todo el mundo tenía que sacrificarse fuese trabajando en las minas de carbón, recolectando algodón, trabajando la tierra con el calor infernal que caracteriza a Sevilla, cazando en los cotos (el que tuviera) y las amas de casa luchando por sacar hacia delante a sus niños, realizando labores del hogar, recogiendo la aceituna, etc...No eran momentos fáciles, quién no lo sabe? Tenían que esforzarse duramente para tener una migaja de pan, una casita modesta, un trabajo estable y todo ello requería sacrificio.
Carmela, mi abuela, que en paz descanse, aquel día esperaba con anhelo a que Antonio llegara de trabajar. Carmela era morena, de ojos grandes, llevaba gafas de pasta de color negro, tenía el pelo muy corto, como un chico. Vestía muy sencilla, de hecho ella misma se confeccionaba sus prendas y las de su familia. La familia Lara estaba formada por Antonio, el padre de familia, minero. La madre, de nombre Carmela y tenían tres hijos. La mayor de los tres hermanos se llamaba Concha y los otros dos eran varones mellizos cuyos nombres eran Manuel y José.
Se asomaba el sol en aquella mañana del 03 de julio de 1956. Era una mañana muy calurosa, rozaban las seis de la mañana y ya se notaba el sofoco que había en aquella cocina y mientras, en el exterior, el calor iba haciéndose mayor a medida que pasaban las horas.
Antonio, estaba tomando un vaso de leche, cuando se le apareció Carmela y le dijo:
- Antonio, qué te apetecerá comer hoy?
- Pues no lo sé chiquilla...lo que a ti te apetezca mujer.- dijo Antonio
- Te apetece que te haga unas lentejas Antonio?
- Pues si cariño, hazme esas lentejas que tanto me gustan.
- Está bien, me vuelvo a la cama, ten cuidado no hagas mucho ruido que los niños duermen. Manolito ayer se acostó tarde porque no podía dormir de la calor que hacía y Joselito no ha parado de roncar toda la noche y a penas he podido pegar ojo. Cierra la puerta con cuidado detrás de ti y llena el botijo de agua en la fuente que hoy volverás a pasar mucha calor y las minas te están volviendo más viejo cada día.
- Está bien, Carmela, intentaré no despertar a los chiquillos...además cuando venga del Carbonall (minas de carbón) a parte de comerme ese peaso de guiso que vas a hacer, querré jugar un poco con Joselito y Manolito y luego me iré a echar una siesta.
Cada día, sucedía como el día anterior. Antonio, se sumergía en las cuevas para extraer Carbón y Carmela mientras tanto, hacía las tareas del hogar, realizaba la comida, atendía a Joselito y Manolito y Concha que era un poco más mayor le ayudaba en las tareas del hogar. Concha ya iba al colegio y enseñaba a sus hermanos todo lo que aprendía. Ella iba a un colegio de monjas, se llamaba el "Colegio de los Hermanos Maristas" al que más tarde, irían Joselito y Manolito de curas.
Un día, estando en el colegio, la monja le dijo a Concha:
- Cual es el mayor de los diez mandamientos?
La monja esperaba que Concha respondiera amar al prójimo como a uno mismo.
Pero Concha, aguardo dos minutos en silencio y de repente respondió:
- Hermana María, el mayor de los diez mandamientos es Darle a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar.
Concha, tenia un gran conocimiento de los Santos Escritos, tenia una fe ciega en Dios y intentaba que cada versículo de las Escrituras penetrara en su mente y corazón pues uno de sus versículos favoritos suyos, era que la biblia ejerce mas poder en el corazón que cualquier espada de dos filos.
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