Aquella mañana soplaba una brisa agradable, iba a durar poco, ya que había previsión de que la temperatura subiera a 43 grados.
Antonio, como de costumbre, se levantó y bebió su vaso de leche y una tostada de aceite. Cogió su botijo de barro y fue a buscar agua a la fuente, por el camino se encontró con Benjamín Recuero. Benjamín era un amigo de la infancia, habían compartido el mismo colegio con el cura Andrés y se habían casado ambos con bellas muchachas de la barriada de "Las Cuevas".
Benjamín tenía el oficio de transporte de carruajes de ataúdes, trabajaba para el ayuntamiento. Se había casado con Jerónima García, era una gran costurera. Bordaba mantones de manila, colchas de cama, confeccionaba vestidos, faldas, jerseys; dominaba el punto de cruz, era hábil incluso con la lana y manejaba todo tipo de texturas (seda, lana, algodón...) ella misma confeccionaba las prendas para sus cuatro hijos. La familia Recuero eran Benjamín y Jerómina y sus cuatro hijos, la mayor de los hermanos era Antonia, una muchacha muy guapa, morena con el pelo largo y hermosa figura, el siguiente era Julián, un chico muy guapo de ojos azules como su padre y cabello castaño claro; luego estaba Manuel un chico muy atractivo cuya piel estaba tostada al sol, ojos marrones y grandes y con un "salero que quita el sentío" como dicen los andaluces. La más pequeña de los hermanos era Encarnita, era una muchacha de piel tersa y dorada al sol, sus ojos eran marrones oscuros y muy grandes, sus labios eran gruesos y lucía una melena morena larga y lisa.
Encarnita ya tenía 12 años, estaba bien formada, era una mujercita recubierta de un carácter aún infantil. Todos los chiquillos del barrio de "Las Cuevas" admiraban su belleza.
Un día, cuando José el hijo de Antonio, mellizo de Manolito, contempló a Encarnita se quedó admirado al ver su belleza. Por aquellos entonces Encarnita iba a la escuela y Joselito iba al colegio de los "Hermanos Maristas", hacía de monaguillo allí y siempre preguntaba al cura Sebastián por los Santos Escritos de la Biblia. Era una persona de fe, se sabía al dedillo los versículos de la Biblia. El padre Sebastián le había enseñado historias bíblicas como el éxodo del pueblo de Israel de Egipto, como Dios separó las aguas del Mar Rojo para que los israelitas pudieran huir a través de él mientras les seguían el ejército egipcio con caballos, lanzas, y carruajes. El pueblo de Israel tuvo que tener fe ciega en Dios y no temer al ejército egipcio que iba tras él, ya que Dios les prometió que cerraría las aguas del Mar Rojo y desaparecerían del mapa; inundados sus caballos, sus carros de asalto, sus vestiduras de combate y todo cuanto poseían para la guerra.
José escuchaba atentamente todas estas historias y se las contaba a su padre Antonio, minero del Carbonall y a su madre Carmela.
Esa misma tarde, como de costumbre Joselito acabó sus rezos de la iglesia y acudió con su hermano mellizo Manolito a jugar con los amigos. Dejaron en casa las prendas de monaguillo, y se fueron a "Las Cuevas" a jugar. Por allí, pasaban chicos de la ribera del Guadalquivir, también los hijos de los mineros del Carbonall, las muchachitas que ayudaban en casa después de la escuela a sus madres en las tareas culinarias, del hogar, de la confección y pasaban un rato jugando a ser mayores.
Encarnita fue con su hermana Antonia a jugar en ese mismo lugar. Los chicos venían de haberse daño un chapuzón en las aguas de la ribera, pues la calor era insoportable, habían rozado los 46 grados. De repente, en el lugar, aparecieron unos chiquillos que venían de otro pueblo de al lado, llamado Constantina, limítrofe por el norte con Villanueva del Río. Estos chiquillos contemplaron lo hermosas que eran las muchachas de allí, la mayoría tenía un aspecto impoluto, eran de hermosa apariencia y semblante.
Apareció en escena Encarnita, la hermana menor de la familia Recuero junto con su hermana Antonia. Los muchachos se quedaron prendados al verlas pasar. Querían conocerlas y entablar un vínculo con ellas, ya que de donde venían no habían visto muchachas de tal belleza.
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