José continuaba conversando con su familia mientras cenaban. Les narraba cómo era la vida de camarero, anécdotas y experiencias graciosas de personas que había conocido durante su andadura.
En el otro lado de la casa, en la cocina, Concha y su madre Carmela preparaban las doce uvas de la suerte. Deseaban que el año venidero pudieran volver a estar todos juntos, con José, aunque su deseo se veía frustrado por la realidad de la necesidad de empleo que no era fácil en Villanueva.
Concha y Carmela volvieron de la cocina y se acomodaron en sus respectivos sillones junto a la familia. Repartieron un plato para cada uno donde estaban las doce uvas.
Eran las doce menos diez minutos, faltaba poco para despedir el año.
- José, ¿ ya sabes que deseos le vas a pedir al año venidero? - dijo Concha.
- Pues uno lo sé seguro, el resto creo que lo mismo de cada año, salud para mi familia - dijo José.
- De todas maneras no digamos nuestros deseos, no es nada bueno, si no, no se cumplen.- dijo Manuel.
- ¡Carmela! ¡Me falta una uva!.- dijo Antonio mientras las contaba.
- Es imposible, Concha y yo hemos revisado que todos tuviéramos las doce. Bueno, espera que ahora te traigo una.- dijo Carmela a su marido.
- ¡Venga, va! Que van a empezar los cuartos, preparaos!.- dijo Manuel.
Comenzaban a sonar los cuartos que anunciaban el comienzo de las campanadas. Por cada campanada, se tendría que comer una uva. Si comías las doce en tiempo, y pedías un deseo para el año venidero, estaba asegurada la suerte.
Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom sonó desde una radio que tenían en el comedor. Doce campanadas donde al unísono comieron una a una y al final pidieron un deseo sin pronunciarlo en voz alta para que se cumpliera.
- ¡Feliz año!.- se escuchó una y otra vez, los hijos se felicitaban entre sí, los padres a los hijos y viceversa.
- ¡Feliz año! Ojalá este año nos brinde más felicidad, trabajo y salud.- dijo Concha.
- Los vecinos están saliendo ya a la calle a celebrarlo y a felicitarse, ¿porqué no nos acercamos y los felicitamos? - dijo Manuel.
- Id vosotros, yo estoy cansado, me iré a dormir.- dijo Antonio que ya se iba haciendo mayor.
- Yo me quedaré a lavar los platos, pero id vosotros hijos míos.- dijo Carmela.
Los tres hermanos, Concha, Manuel y su mellizo José salieron al encuentro de la multitud vecinal.
Encarnita, era ajena de que José había vuelto para celebrar con su familia la nochevieja. Ella junto con los demás vecinos, donde estaban sus amigas y su hermana Antonia felicitaban y deseaban lo mejor para el año venidero.
Los tres hermanos cruzaron la calle y aparecieron entre el gentío de los vecinos. Encarnita y José aún no se habían visto, había muchísima gente saludándose y algunos de borrachera. El alboroto era sobrecogedor. De repente, entre la multitud, Manuel pudo divisar a la bella muchachita Encarnita. Sin decirle nada a José, fue corriendo hacia ella.
- ¡Encarnita! No te lo vas a creer, este año seguramente tu deseo se cumpla antes de tiempo.- dijo Manuel.
- ¿A qué te refieres Manuel? ¿ De qué me hablas? .- dijo Encarnita. Bueno, antes que nada, ¡Feliz año cuñao!
- ¡Feliz año Encarnita! vaya si va a ser feliz...jajajajaj- se rió Manuel mientras Encarnita era ajena a lo que sucedía.
- ¿Me vas a contar de una vez qué pasa? ¿Y porqué tengo que estar feliz?.- dijo Encarnita.
- No hace falta que te lo cuente mi hermano, yo mismo te lo diré .- dijo José.
- ¡José! ¡José! Dios mío. Pero tu no estabas...-dijo Encarnita interrumpida por José.
- Yo estaba, pero ahora estoy aquí contigo mi amor, nunca más me volveré a separar de ti tanto tiempo.- dijo José.
- ¡Madre mía! no me creo que estés aquí, esto parece un sueño, no quiero despertar de él. Cuanto he deseado poder abrazarte, besarte, y verte. Las cartas no eran suficiente, no aliviaban mi dolor José.- dijo Encarnita.
- Lo sé Encarnita, por eso, tengo pensado...-iba a seguir contando sus proyectos a Encarnita, pero un brazo surgió de la multitud agarrando a José de la mano y se lo llevó hacia fuera.
Encarnita no entendía nada, Dios, ¿Habría escuchado sus plegarías? No daba crédito a lo que estaba pasando, pero José había desaparecido de su vista, sin poder contarle más cosas y no solo eso, sino que, le había empezado a explicar lo que tenía pensado hacer y había desaparecido de la multitud sin haber acabado su frase. Además Encarnita no sabía ni quién se lo habría llevado de allí por que no alcanzó a ver a la persona con tanto gentío ni a donde se habrían ido.
En el otro lado de la casa, en la cocina, Concha y su madre Carmela preparaban las doce uvas de la suerte. Deseaban que el año venidero pudieran volver a estar todos juntos, con José, aunque su deseo se veía frustrado por la realidad de la necesidad de empleo que no era fácil en Villanueva.
Concha y Carmela volvieron de la cocina y se acomodaron en sus respectivos sillones junto a la familia. Repartieron un plato para cada uno donde estaban las doce uvas.
Eran las doce menos diez minutos, faltaba poco para despedir el año.
- José, ¿ ya sabes que deseos le vas a pedir al año venidero? - dijo Concha.
- Pues uno lo sé seguro, el resto creo que lo mismo de cada año, salud para mi familia - dijo José.
- De todas maneras no digamos nuestros deseos, no es nada bueno, si no, no se cumplen.- dijo Manuel.
- ¡Carmela! ¡Me falta una uva!.- dijo Antonio mientras las contaba.
- Es imposible, Concha y yo hemos revisado que todos tuviéramos las doce. Bueno, espera que ahora te traigo una.- dijo Carmela a su marido.
- ¡Venga, va! Que van a empezar los cuartos, preparaos!.- dijo Manuel.
Comenzaban a sonar los cuartos que anunciaban el comienzo de las campanadas. Por cada campanada, se tendría que comer una uva. Si comías las doce en tiempo, y pedías un deseo para el año venidero, estaba asegurada la suerte.
Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom-Clom sonó desde una radio que tenían en el comedor. Doce campanadas donde al unísono comieron una a una y al final pidieron un deseo sin pronunciarlo en voz alta para que se cumpliera.
- ¡Feliz año!.- se escuchó una y otra vez, los hijos se felicitaban entre sí, los padres a los hijos y viceversa.
- ¡Feliz año! Ojalá este año nos brinde más felicidad, trabajo y salud.- dijo Concha.
- Los vecinos están saliendo ya a la calle a celebrarlo y a felicitarse, ¿porqué no nos acercamos y los felicitamos? - dijo Manuel.
- Id vosotros, yo estoy cansado, me iré a dormir.- dijo Antonio que ya se iba haciendo mayor.
- Yo me quedaré a lavar los platos, pero id vosotros hijos míos.- dijo Carmela.
Los tres hermanos, Concha, Manuel y su mellizo José salieron al encuentro de la multitud vecinal.
Encarnita, era ajena de que José había vuelto para celebrar con su familia la nochevieja. Ella junto con los demás vecinos, donde estaban sus amigas y su hermana Antonia felicitaban y deseaban lo mejor para el año venidero.
Los tres hermanos cruzaron la calle y aparecieron entre el gentío de los vecinos. Encarnita y José aún no se habían visto, había muchísima gente saludándose y algunos de borrachera. El alboroto era sobrecogedor. De repente, entre la multitud, Manuel pudo divisar a la bella muchachita Encarnita. Sin decirle nada a José, fue corriendo hacia ella.
- ¡Encarnita! No te lo vas a creer, este año seguramente tu deseo se cumpla antes de tiempo.- dijo Manuel.
- ¿A qué te refieres Manuel? ¿ De qué me hablas? .- dijo Encarnita. Bueno, antes que nada, ¡Feliz año cuñao!
- ¡Feliz año Encarnita! vaya si va a ser feliz...jajajajaj- se rió Manuel mientras Encarnita era ajena a lo que sucedía.
- ¿Me vas a contar de una vez qué pasa? ¿Y porqué tengo que estar feliz?.- dijo Encarnita.
- No hace falta que te lo cuente mi hermano, yo mismo te lo diré .- dijo José.
- ¡José! ¡José! Dios mío. Pero tu no estabas...-dijo Encarnita interrumpida por José.
- Yo estaba, pero ahora estoy aquí contigo mi amor, nunca más me volveré a separar de ti tanto tiempo.- dijo José.
- ¡Madre mía! no me creo que estés aquí, esto parece un sueño, no quiero despertar de él. Cuanto he deseado poder abrazarte, besarte, y verte. Las cartas no eran suficiente, no aliviaban mi dolor José.- dijo Encarnita.
- Lo sé Encarnita, por eso, tengo pensado...-iba a seguir contando sus proyectos a Encarnita, pero un brazo surgió de la multitud agarrando a José de la mano y se lo llevó hacia fuera.
Encarnita no entendía nada, Dios, ¿Habría escuchado sus plegarías? No daba crédito a lo que estaba pasando, pero José había desaparecido de su vista, sin poder contarle más cosas y no solo eso, sino que, le había empezado a explicar lo que tenía pensado hacer y había desaparecido de la multitud sin haber acabado su frase. Además Encarnita no sabía ni quién se lo habría llevado de allí por que no alcanzó a ver a la persona con tanto gentío ni a donde se habrían ido.
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